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Un niño juega al balón con unos amigos en un campo que está no muy lejos de su colegio.


Sabe que es afortunado por poder ir al colegio. La mayoría de sus amigos no pueden ir, porque son privados y no tienen dinero para pagarlo, y no saben ni siquiera leer ni escribir, al igual que sus padres y la gran mayoría de sus familiares.

Ve llegar a una niña cargando con un cubo de agua casi tan grande como ella sobre su cabeza. Sabe que ha recorrido un largo camino para lograr llevar a casa ese necesario néctar. Se sonríen con un brillo en sus miradas.

Y la tierra tiembla. Tiembla muy fuerte. Apenas unos segundos en que no saben exactamente qué pudo haber pasado, pero nada bueno, seguro. Corren hacia sus casas y ven horrorizados cómo la ciudad ha quedado destruida, no reconocen los lugares. Todo es escombro, gente ensangrentada, una madre que llama a sus hijos, una niña pequeña de apenas 2 años llorando en la calle llamando a su madre. Llegan y ven que su casa está destruida. No ven a nadie de su familia. Pronto su vida entera se derrumba también, como la casa, como todo a su alrededor.

Ven llegar a personas que se ocupan de buscar sobrevivientes, de curar a los heridos. Camiones que se llevan los cadáveres hacinados, sin identificar, sin miramientos, no hay tiempo, hay muchos. Luego, en la fosa común donde los enterrarán, alguien se ocupa de contar el número de camiones que llegan a fin de calcular una cifra aproximada de fallecidos. Jamás olvidarán estas escenas. Las lágrimas caen por sus mejillas sin que sean ni siquiera conscientes de ello. poco a poco esas lágrimas secarán formando una coraza.

Han pasado 2 años desde ese día y sobreviven como malamente pueden. Ella, con apenas 14 años se prostituye para poder conseguir algo de comida y aguanta los golpes y las agresiones de todo tipo. Él deambula sin rumbo. Ya no hay brillo en sus miradas.

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